"En esta casa mando yo": cómo establecer límites con los adolescentes, según una de las mayores expertas en la materia
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La educadora social Sara Desirée Ruiz ha escrito ‘En esta casa mando yo’, un libro para aprender a poner límites (sanos) en la adolescencia
Poner límites con respeto fomenta la autonomía y la construcción de la identidad propia
Dentro del cerebro de un adolescente: "Hay que entender que están en un momento crítico"
Para muchas generaciones en España, la frase “mientras vivas bajo este techo acatarás mis normas” seguro que es de sobra conocida. Venimos de un un tipo de educación autoritaria donde la opinión de los adolescentes no era muy tenida en cuenta y donde la violencia contra los hijos estaba bien vista. “Un tortazo a tiempo” o “mano dura” son otras de las frases habitualmente oídas en el pasado. Sin embargo, ¿cuáles son las consecuencias de este tipo de educación en la edad adulta?
“Ese tipo de educación ha generado miedo, falta de confianza, de autoestima y carencias en las habilidades comunicativas. Muchas personas adultas se han visto obligadas a obedecer más por temor que por comprensión de las normas y los límites. Esto deja secuelas en la autoestima y en la forma de relacionarse: se aprende a obedecer, pero no a dialogar ni a expresar necesidades. De esta forma no se desarrolla el pensamiento crítico. Además, la violencia normaliza la idea de que está bien ejercer un poder abusivo si 'es por el bien', algo que perpetúa relaciones poco equilibradas”. Quien habla es Sara Desirée Ruiz, uno de los referentes de la educación en la adolescencia en España.
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Sara lleva más de quince años diseñando y gestionando proyectos socioeducativos dirigidos a personas adolescentes, algunos de los cuales han sido premiados. En la actualidad realiza acompañamiento socioeducativo de familias con adolescentes y, desde su comunidad de Instagram @adolescencia.sara.desiree.ruiz, trabaja por la sensibilización social en esta etapa. Además, su blog fue reconocido en los premios nacionales Madresfera de 2021 como mejor blog en la categoría de adolescencia. Ahora publica su cuarto libro, ‘En esta casa mando yo’ (editorial Grijalbo), un libro con el que pretende evitar precisamente frases de ese tipo y aportar estrategias y pautas para establecer límites basados en la comprensión y el diálogo. ¿Misión imposible con adolescentes? No, en absoluto.
Si se pueden consensuar las normas con las personas adolescentes, mejor. Necesitan sentir que se las tiene en cuenta, que su voz se escucha, y un límite que las incluye, con afecto y con sentido es mucho más eficaz a largo plazo
“No se trata de crear un hogar perfecto, porque eso no existe, sino de entender que crecer con apego seguro y un acompañamiento adecuado sienta las bases de nuestro bienestar emocional. La seguridad se basa en saber que, aunque haya límites y posibles conflictos, hay apoyo incondicional y respeto mutuo”, explica a la web de Informativos Telecinco.
La 'mano dura' se centra en el miedo, la prohibición y la imposición. "Poner límites no tiene por qué ser sinónimo de violencia o severidad extrema", añade. Los límites son necesarios, pero deben ser claros, coherentes y, sobre todo, explicados. Es decir, más que imponer un 'porque lo digo yo' se trata de dialogar para comprender: “Esto es importante para tu seguridad o para la convivencia, por eso lo establecemos así”.
Los motivos son importantes. "Si se pueden consensuar las normas con las personas adolescentes, mejor. Necesitan sentir que se las tiene en cuenta, que su voz se escucha, y un límite que las incluye, con afecto y con sentido es mucho más eficaz a largo plazo y mucho más educativo que la mano dura”. Porque, como dice, ese es el camino si queremos que nuestros hijos adolescentes sean adultos proactivos, empáticos, comprometidos y responsables en lo afectivo.
Cómo poner límites sanos a adolescentes en casa
¿Qué son los límites? ¿Por qué es necesario ponerlos? Pues bien, según la definición de esta experta, los límites son los criterios que nos ayudan a establecer lo aceptable o lo inaceptable en el comportamiento de una persona en relación con los demás. Y son necesarios en todas las interacciones, ya sean en la pareja, con los padres, con los hijos, con los compañeros de trabajo, etc. Comunicar límites es hablar de las necesidades de cada uno, y evidenciar las consecuencias, si es necesario, y emprender acciones restaurativas.
“Los límites sanos surgen cuando tenemos claro que se trata de cuidar, no de controlar”. Para conseguirlo, es básico:
1. Ser coherente y buscar la claridad: si el límite es “Se apaga el móvil a las once”, debe cumplirse y no cambiar día sí, día no.
2. Explicar las razones: “Necesitamos descansar, por eso la hora de apagar el móvil es esta, así podemos rendir al día siguiente”.
3. Mostrar empatía: reconocer que, para la persona adolescente, desconectar puede ser difícil, pero es necesario.
4. Mantener el respeto: no humillar ni castigar con amenazas. Si se incumple un límite, ver qué ha pasado y cómo repararlo, en vez de imponer un castigo que no enseñe nada.
5. Y, lo más importante: entender que la comprensión de los límites les lleva tiempo. Es un proceso, así que lo que hacemos no debe buscar resultados inmediatos. Esto es crucial. “Educar es artesanal, no hay ibuprofenos para educar”, añade Sara Desirée Ruiz.
La importancia de pedir perdón
Hay un factor también determinante en este tipo de educación, y es el poder del perdón. Anteriormente, eran los hijos los que debían pedir perdón siempre a los padres, pero, muchos psicólogos y expertos en educación, recomiendan que también sean los padres los que pidan disculpas a los hijos cuando se hayan equivocado. Uno de ellos es Rafa Guerrero, psicoterapeuta, además de conferenciante y director de Darwin Psicólogos, explica que los padres no tenemos que mostrarnos vulnerables ante nuestros hijos, y es necesario que si les hablamos mal, pidamos perdón.
Esta opinión también la refuerza Sara Desirée Ruiz: “Cuando una persona adulta de referencia se disculpa, está transmitiendo que nadie está por encima de reconocer sus errores. Esto normaliza el hecho de que podemos equivocarnos y repararlo sin perder autoridad. De que la relación puede continuar y nutrirse de lo que va sucediendo en ella. Crecer. Es un acto de humildad que fortalece el vínculo y enseña a la persona adolescente a hacer lo mismo. Al pedir perdón, validamos sus sentimientos ('te hice daño con mi actitud, lo reconozco'), y eso fomenta la confianza. Además, invita a la coherencia: si pedimos que se responsabilicen de sus actos, es lógico que las personas adultas hagamos lo mismo, ¿verdad? Así les damos un gran ejemplo. El ejemplo educa.”
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