El amor inquebrantable de José y Plácida 70 años después: él decidió irse a vivir a la residencia donde cuidan de ella

Residencia de la Orden de San Juan de Dios en Jerez de la Frontera
  • José tiene 88 años y ha decidido irse a vivir a la residencia de Jerez de la Frontera donde cuidan a su mujer del deterioro cognitivo que padece

  • Cuando decidieron ingresar a Plácida, de 84 años, tuvo claro que no la dejaría sola y que la acompañaría cada día y cada noche

  • Los trabajadores observan con admiración y ternura la forma en la que él la cuida y le hace sentir como en casa

José tiene 88 años y una memoria a la que el tiempo nada le ha borrado. Recuerda con pelos y señales cada día importante de su vida, como aquel en el que, estando de permiso del servicio militar (era época de mili), conoció a Plácida.

Corría el mes de marzo del año 1960 y en un pequeño pueblo de la Alpujarra Granadina surgió un flechazo inquebrantable. Él tenía 23 años y ella 19. Poco tiempo después se casaron y ante los presentes que les acompañaban se hicieron una promesa de amor eterno: "En la salud y en la enfermedad" y que nada, ni nadie los separe. "Sí, sí, eso dijimos" asegura José desde una habitación de la Residencia de la Orden de San Juan de Dios de Jerez, en Cádiz.

En esa habitación cuelgan las fotos de sus dos hijas y de sus dos nietos veinteañeros, a los que tiene presente en cada momento. Y junto a su cama está la de Plácida. Porque desde hace dos años viven juntos en la residencia.

Decidió irse con su mujer

"Yo noté que le fallaba la mente, me decía cosas que no tenían sentido y se lo dije a mi hija para que alguien la viera", dice José. Empezó ahí un periplo de tratamientos y de ayuda a domicilio que pronto dejaría de ser efectiva. Plácida necesitaba trasladarse a un centro donde le dieran la atención que su deterioro cognitivo necesitaba y José quería estar a su lado: "Me voy con ella", advirtió a los suyos. Y así lo hizo.

Quizás en su recuerdo pesen todavía los diez años que vivieron separados por motivos laborales, "yo solo iba a casa en vacaciones". Trabajaba en el campo y en la construcción en Suiza, "tenía que mantener a mi familia", mientras que Plácida se quedaba en casa atendiendo a sus hijas. Eran otros tiempos.

Nunca más se separaron, y José, con sus manos ya marcadas por la vida, sigue acariciando las de Plácida cada día y cada noche.

Se encarga de la atención de Plácida por las noches

Él mismo confiesa que recibe la reprimenda de los auxiliares casi a diario: "Quieren encargarse de ella durante la noche, pero yo estoy a su lado y le doy lo que necesite", dice, ante la emoción incontenible de los trabajadores que le acompañan.

Las enfermeras y trabajadores de la residencia los observan con admiración. En tiempos donde lo efímero prima sobre lo duradero, José y Plácida demuestran que las promesas pueden sostenerse a través de los años. No importa si ella recuerda el pasado con claridad o si su mente se nubla, porque él sigue siendo su refugio, su hogar.

Llevan juntos casi siete décadas, han compartido alegrías, desafíos y tristezas. Ahora siguen compartiendo la vida, él dedicado a cuidarla a ella y a mantener vivo el huerto de plantas aromáticas que ha plantado en el jardín. Ella pasa los días a su lado, sintiendo cerca el amor que se prometieron.

Ambos demuestran que las historias no tienen por qué terminar, sino que se pueden transformar.

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