Cuando Bob Dylan enchufó la guitarra eléctrica en el festival folk de Newport y cambió el curso de la música popular

Bob Dylan

"En el oeste, a la hora de elegir entre la verdad y la leyenda, imprime siempre la leyenda", decía el periodista Dutton Peabody en 'El hombre que mató a Liberty Valance'. Y en el rock'n'roll pocas leyendas hay tan totémicas como aquella que cuenta que la tarde del 25 de julio de 1965 en Newport (Rhode Island, EEUU) Bob Dylan cambió el curso de la música popular armado con una Fender Stratocaster. Como ocurre con toda historia oral, la realidad quizás fue un poco más prosaica, pero al irse transmitiendo de generación a generación ha terminado adquiriendo la resonancia de las epopeyas míticas que asombran, emocionan e inspiran por igual a quienes las escuchan. 'A Complete Unknown', el filme de James Mangold nominado a 8 Oscars, se dedica precisamente a eso, a imprimir una vez más la leyenda, tanto para los que ya la han oído decenas de veces como para quienes la descubren por primera vez.

Para ponerse en contexto hay que visualizar al Robert Allen Zimmerman de 1965, considerado ya un icono contracultural con tan solo 24 años, la voz de una generación socialmente comprometida y beligerante, una especie de profeta -incluso a pesar suyo- para la comunidad folk que asistía cada año religiosamente al Newport Festival, una de las citas musicales más importantes de la época. De hecho, Dylan ya se había presentado con éxito en las ediciones de 1963 y 1964, y, por supuesto, era la figura más esperada de aquel año.

El sábado 24 de julio el de Duluth actuó en un formato tradicional acústico, que es lo que se esperaba en un ámbito tan purista como era entonces Newport. Tocó tres canciones solo con su guitarra ('All I Really Want to Do', 'If You Gotta Go, Go Now' y 'Love Minus Zero/No Limit') y todo transcurrió como estaba previsto, incluidos los fervorosos aplausos del público. Pero Dylan, que ese año ya había publicado el revolucionario álbum 'Bringing It All Back Home', con una cara acústica y la otra respaldado por una banda de rock, tenía otros planes en mente para la segunda noche.

La revolución está soplando en el viento

Al parecer, al autor de 'Blowin' in the Wind' le habían molestado los comentarios despectivos que el organizador del festival, Alan Lomax, había hecho sobre la Paul Butterfield Blues Band cuando la presentó antes de tocar, debido a que era la primera vez que una banda de blues y rock se presentaba en el gran templo de los fans del folk. Espoleado por ese elitismo condescendiente con el que no se sentía nada identificado, el bardo de Minnesota ensayó junto a los principales miembros de esa banda -Mike Bloomfield, Jerome Arnold y Sam Lay- y los teclistas Al Kooper y Barry Goldberg un set de tres canciones que iba a hacer saltar todo aquel ambiente por los aires.

La tarde del domingo 25 de julio salió al escenario con chaqueta de cuero y guitarra eléctrica acompañado por esos músicos con los que acababa de improvisar y todos juntos acometieron una rockera 'Maggie's Farm' ante decenas de miles de desconcertados espectadores. Los vídeos que se conservan de la actuación no dejan claro si los abucheos superaban a los vítores, pero lo que está claro es que la división de opiniones era absoluta.

En el fondo, lo que impulsaba a Dylan era lo mismo que marcaría casi toda su trayectoria posterior: el deseo de desafiar las expectativas, de zafarse de su propio estereotipo, de huir de la autocomplacencia. Aunque probablemente ni él mismo se esperara una reacción tan furibunda cuando dobló el experimento eléctrico con una por entonces desconocida 'Like a Rolling Stone' y una versión temprana de 'It Takes a Lot to Laugh, It Takes a Train to Cry'. Gran parte del público era incapaz de asimilar semejante ultraje a las esencias del folk más puro contaminándolo con algo tan inane y pendenciero como el rock'n'roll. Incluso un Pete Seeger fuera de sí intentó cortar el sonido del set con un hacha, leyenda urbana nunca confirmada pero demasiado buena como para ser desmentida (recuerden, imprime siempre la leyenda).

Reconciliación a medias

Dylan, con lágrimas en los ojos, detuvo ahí el show. Poco después, ante la insistencia del maestro de ceremonias, regresaba al escenario ya a solas con la guitarra acústica. Alguien del público le arrojó una armónica y acometió 'Mr. Tambourine Man' y 'It's All Over Now Baby Blue', ahora sí arrancando los aplausos generalizados de un respetable que pedía más. Pero Dylan consideró que ya era suficiente y se marchó. No regresaría al festival hasta 37 años después.

Tampoco dio marcha atrás, pues poco después insistiría en el maridaje de rock, blues y folk publicando el fundamental 'Highway 61 Revisited'. El talento de Dylan era demasiado prodigioso como para constreñirlo a la canción protesta desnuda tal y como la había concebido Woody Guthrie. Su descomunal riqueza poética merecía ser vestida con ropajes más densos y con más matices que el del simple acompañamiento de una guitarra acústica. El rock alcanzaría la mayoría de edad cuando Dylan le inoculó su ambición literaria.

En Newport nació también el primer punk, el precursor de Lou Reed y John Lydon. Una bestia que no iba a dejarse domesticar. Aún arrastraría la fama de traidor durante algún tiempo. Pero es imposible acometer una revolución sin que rueden unas cuentas cabezas. Diez meses después, mayo de 1966, en el Free Trade Hall de Manchester (Reino Unido) alguien del público le grita un sonoro 'Judas' entre canción y canción. El músico parece pensarse una respuesta apropiada mientras rasguea unos acordes y espeta un lacónico "No te creo. ¡Eres un mentiroso!", se gira hacia su banda y les grita "'¡tocad jodidamente fuerte!". Y acometen un glorioso 'Like a Rolling Stone'.

Sesenta años después, el aura mitológico del episodio de Newport no se ha disipado. Poco importa que aquel público pudiera estar furioso no porque Dylan se hubiera presentado con una banda de rock, sino por la escasa duración del show y por el sonido nefasto que llegaba a la audiencia. Tampoco importa que en realidad ese mal sonido pudiese ser el motivo de que Pete Seeger, que era un buen amigo de Dylan, quisiera cortar los cables y así permitir que el público pudiera escuchar las letras correctamente. Ni tampoco es relevante que el público se comportara de manera hostil, no solo con Dylan, sino en general con los artistas de aquella edición. Lo que queda al final es la leyenda. Y al final es lo que cuenta.