Son tantos los temas que nos gustaría tratar con Agatha Ruiz de la Prada, y todos tan apetecibles, que cuesta tener que centrar el tiro en ese 'caviar agathizado' que acaba de ver la luz de la mano de la firma española Ambrose & Paubet. Pero esa fue la excusa para que nos citáramos con la madrileña en el backstage de su colorida tienda del barrio de Salamanca. Y rodeados de sus vistosas creaciones, disfrutamos de diferentes elaboraciones con este manjar producido en las aguas glaciares naturales de los Alpes como protagonista. Pero también de una charla distendida, copa de cava en mano, en la que repasamos un sinfín de anécdotas en torno al lujo y la gastronomía, ese tándem inseparable.
Como era de esperar, durante la conversación aparece varias veces su exmarido, que es otro asiduo de los grandes templos culinarios de nuestro país. Pero también gastrónomos como Rafael Ansón y Víctor de la Serna; cocineros de la talla de Juan Mari Arzak, Sacha o Chicote; y todo tipo de personajes, conocidos y anónimos, que la han acompañado en comidas y cenas de todo tipo. Historietas y chascarrillos que han tenido lugar a lo largo de varias décadas en restaurantes como elBulli o en destinos como Marbella, París o, mismamente, Mallorca, donde tiene una casa de ensueño que ha sido bautizada como Son Servera.
Pero hoy aquí no hemos venido a hablar de su libro, que se llama 'Todo por un plan' y vio la luz hace unos meses. El plan —mucho mejor, dónde va a parar— consiste en hablar de comida, porque estamos de acuerdo con Agatha en que esto es lo más importante de la vida, y de quienes mejor la preparan. Buen provecho.
¿Cómo es tu relación con el caviar? ¿Es reciente o viene de lejos?
Bueno, creo que a todo el mundo le gusta el caviar. Es el sueño, ¿no? Lo máximo a lo que se puede aspirar en comida. Lo que pasa que, como dice el refrán: ‘Cada día gallina, amarga la cocina’. Yo creo que hay que comer normal, de manera sana, y de vez en cuando, si puedes, pegarte un lujo. No puedes comer caviar todos los días porque entonces al final lo acabarías despreciando.
¿Y recuerdas cuándo fue tu primer contacto con este ingrediente?
Pues no, porque yo tengo muy mala memoria, pero sí que he tenido la suerte de probarlo varias veces. Me acuerdo una vez que me invitaron a casa de un señor en La Finca, hace unos años, y toda la cena giraba en torno al caviar. Te podías tomar 10 kilos tú sola, yo no me lo podía creer (risas). Fui con Rafael Ansón. Una de las suertes de mi vida, que he tenido muchas, ha sido ser amiga suya.
Una noche así es difícil de olvidar, supongo.
Es que era una casa que tenía una piscina de oro, de Bisazza, pero de oro al fin y al cabo. Era algo apoteósico. Y el menú consistía en diferentes elaboraciones con caviar a lo bestia, que el dueño había traído en su avión particular. Lo de este hombre era algo increíble, sigo sin dar crédito de aquello.
¿Y después de aquella velada lo aborreciste o lo has vuelto a tomar en alguna ocasión?
Siempre he tenido la suerte de tomarlo en Navidades, cuando vivía con el ‘innom’ (abreviatura de innombrable) nos mandaban una lata de caviar grande. Y luego me acuerdo de un año que vino una invitada a mi casa de Mallorca y me trajo dos cajitas de regalo. Pero como soy tan imbécil, las dejé en la nevera, y cuando fui a sacarlas estaban podridas. Ahora ya estoy cambiando mi manera de funcionar. Cuando me regalan una cosa, sobre todo de este tipo, me la tengo que tomar inmediatamente, porque… ¿Y si me muero mañana? ¿Qué pasa?
Desde luego, con un producto así no se juega.
También te digo que yo paso de lo más elitista a lo más democrático. Puedo ir un día en avión particular y volverme al día siguiente con un aerolínea low cost. Te comento esto porque mi vida es así. La semana pasada presenté ‘Sal y pimienta’, que es una cosa súper barata, pero monísima, un regalito ideal para cuando vas a cenar con gente joven y de repente sacas tu sal y tu pimienta de Agatha Ruiz de la Prada. Lo encuentro una monada.
Volviendo al tema del caviar, ¿cómo te gusta tomarlo?
A mí es que el lujo me da un poco de vergüenza, yo estoy acostumbrada a ir a un restaurante y pedir siempre lo más barato. Lo primero que miro es el precio. Tengo una amiga, muy amiga mía, que lo que le gusta es hacer lo contrario. Pide siempre lo más caro, aunque no le apetezca. Yo reconozco que he vivido toda la vida en un entorno muy privilegiado, pero siempre me ha dado como un poco de alipori el lujo. Pero este caviar tiene la ventaja de ser más democrático. Ahora mismo hay una tendencia que permite a mucha gente que no ha podido tomar caviar en su vida poder hacerlo.
Habrá incluso quien prefiera tomarse un buen jamón ibérico de bellota.
Por supuesto, yo tengo un amigo en París que ahora vende jabugo. Antes se dedicaba al caviar y al salmón, pero de repente conoció el jamón de jabugo y abrió la tienda Bellota-Bellota. El caso es que yo les hice un traje para un jamón y un día, cuando fui a cenar elBulli, vino Ferran y me dijo que tenía una cosa mía que solamente la tenía él en el mundo. Y yo no sabía a qué se refería. Hasta que apareció con el traje del jamón que yo había diseñado y que no sé cómo acabó en sus manos (risas).
Y con tanto amigo cocinero y gastrónomo, ¿qué tal te apañas en la cocina?
La verdad es que no sé cocinar. Pero es genial porque si no tengo nada, no ceno. No me importa nada cenar, a lo mejor me tomo un yogur. Pero tengo la suerte de que siempre he apreciado mucho —claro, como yo no lo sé hacer— a la gente que sabe cocinar. Y he tenido la suerte de ser amiga de muchísimos cocineros y gourmets. Ya muchos se han ido, como Víctor de la Serna, que se fue hace poco y era muy amigo mío. Pero mi mejor amigo de todos ha sido Rafael, que me acompañó cuando fui a elBulli o a Fat Duck. Y no tiene nada que ver ir con Rafael a ir sin Rafael. Porque tú vuelves al mismo sitio al día siguiente, pides lo mismo y no te sabe igual. Cómo te lo explican, cómo te lo venden… Si en elBulli nos sacaron 48 platos, te garantizo que los 48 nos los sirvió Ferran. La experiencia es otra.
Veo que tu vínculo con la gastronomía viene de muchos años atrás.
Claro, porque gracias a Rafael he conocido muchísimos restaurantes buenos. Aunque luego también trabajé con Bidasoa hace muchos años. Y muchos cocineros de aquella época, como Juan Mari Arzak y tantos otros, me compraron mi vajilla. En aquel momento yo estaba en todos los grandes restaurantes de España con mis vajillas (risas). Y como yo les quiero tanto a ellos, pues ellos me quieren mucho a mí. Porque eso es mutuo. Normalmente si alguien te cae muy mal, pues tú le sueles caer muy mal. Y si alguien te cae muy bien, pues tú también le caerás muy bien.
En casa no cocinas, pero cuando sales fuera ¿dónde te gusta ir?
Lo que tengo claro es que no me gustan los sitios donde hay música. Cuando voy a comer, voy a comer, por eso estoy igual de contenta en una tasquita que en un restaurante con tres estrellas Michelin. Ahora bien, si la comida está mala, prefiero no comer. Después de vivir 30 años con el ‘innom’, que la verdad es que le gustaba mucho comer y beber, me he dado cuenta de que he aprendido bastante de vino y de cocina, lo justo para saber si una cosa está buena o mala. Me ha costado, ¿eh? Porque ni mi madre ni mi abuela le daban importancia a la comida.
Háblame de ellas, al fin y al cabo son nuestros referentes culinarios más directos.
Pues recuerdo que mi madre hizo un curso y que tenía unas recetillas, pero siempre cocinaba lo mismo. En esa época no había tantas cosas. Y mi abuela tuvo una cocinera que estuvo viviendo con ella 45 años y, de hecho, murió en la casa. Yo la adoraba, se llamaba Anita. Pero lo que te decía, ninguna de las dos le daban demasiada importancia a la comida.
Y me imagino que tú terminarías haciendo algo parecido.
He tenido muchas cocineras. Y también un cocinero que se llamaba Paco, y que espero que se siga llamando, porque le quiero un montón. Recuerdo que si venía el rey a comer ya no le tenías que decir nada más, qué le ibas a decir. Lo que sí le pasaba es que compraba mucha mantequilla, todos los días. Y al día siguiente, volvía con otro kilo y medio de mantequilla. Y claro, al final, los seis o siete años que estuvo en casa yo engordé 10 o 12 kilos, que no me los quite jamás. Hasta que me divorcié. Recuerdo que los perdí en una semana. Pero todo lo que hacía Paco estaba muy bueno. Hacía unos pasteles impresionantes, yo le pedía que los hiciera solo cuando vinieran invitados muy importantes, porque si no me los comía.
A Cósima la hemos visto hace poco en un talent de pastelería, pero de la relación de Tristán con la cocina no sabemos mucho.
Pues mi hijo es un loco de la comida porque le encanta viajar. Él ha vivido en la India, en China… Y ha viajado por todo el mundo. Vamos, que se cogió una moto desde China hasta Madrid, imagínate. Pero sí, le encanta la comida, y cuanto más rara, mejor. Yo al principio era un poco primitiva comiendo, porque lo que tomaba era un poco comida de niño pequeño, ¿sabes? Que me encanta. Yo cuando vengo de un viaje largo, pido siempre puré con atún, macarrones… Platitos que, cuando yo era pequeña, eran de niños pequeños. ¡También los canelones! Yo tenía una cocinera maravillosa que se llama Pili que, cuando se fue de casa, yo seguía yendo de vez en cuando a comer a su casa para que nos los hiciera también. A mí me gustaban los canelones de mi casa, como también me gustaban las migas de mi casa. En fin, que yo era poco sofisticada comiendo. Siempre pensaba que algún día aprendería, pero ni siquiera cuando me fui a vivir a París aprendí a cocinar.
¿Y cómo vives esta vorágine que hay en Madrid a nivel de aperturas? ¿Te gusta estar a la última?
Sí, me encanta estar la última. Pero eso no quita que haya sitios que no son recientes y me gusten mucho. Por ejemplo, Taberna Verdejo. Y Marian es adorable. Disfruto mucho de ese tipo de cocina. También te recomiendo el de uno que es muy amigo mío, Sacha, que es un amor. Y luego uno por el que he salido bastante en la prensa. Porque yo antes siempre guardaba las apariciones en prensa en cajas. Y hubo un año, que si tuve 4.000 salidas en prensa, por decir algo, 3.800 eran de Chicote, que siempre iba ‘agathizado’ (risas).
Alberto Chicote. ¿Cuándo empezó 'lo vuestro'?
Yo ya le conocía por Rafael Ansón, porque en aquella época tenía un restaurante por aquí que estaba muy de moda. Pero el caso es que a mí luego me ofrecieron participar en una cosa de la moda española con algunos cocineros y a mí me tocó Chicote, que ese día estaba con Sacha porque era el que hacía las fotos. Y recuerdo que me dieron trufa con un pan tostadito y con un poco de aceite y sal. Y ya luego nos empezamos a beber todo y tal. Nos hicimos íntimos amigos. Recuerdo que al día siguiente vino a mi estudio para hablar de cómo le iba a vestir, y él me comentó que iba a crear unos platos para mí con corazones, muchos colores… Estábamos los dos encantados, pero lo mejor es que, a los 20 minutos de irse, me llama, y yo estaba convencida de que era para decirme que se había rajado. Pero no, lo que quería era encargarme 12 chaquetillas, pero todas diferentes. Y desde entonces ha ido, menos una temporadita, siempre vestido de Agatha.
Veo que tus anécdotas con la alta cocina dan para un libro.
No te imaginas la de historias que podría contarte. Me acuerdo una noche que me invitó un señor egipcio, que yo casi no conocía, a una cena en Marbella. Yo iba con Simoneta Gómez-Acebo. Vino a recogernos un Bentley, que nos llevó hasta la casa, que era la pera… Y aquello era una especie de homenaje a Juan Mari Arzak en el que había muchos chefs. Estaban todos. Y yo, cada platito que me traían, me lo comía. Pero veía que la de al lado mío no comía. Y le decía: ‘Joder, ¿cómo vas a dejar esto, tía? Que esto es la pera limonera’. Al final me comí los de esta flaca y los míos, no sé si serían 55 o 60 platos. Me daba mucha pena dejarlos.
Es decir, que en tu caso se cumple eso de que sale más barato comprarte un traje que invitarte a comer.
Sí, pero ahora mismo estoy en un momento de no tener hambre. Hoy fui a El Pescador y ha sido una tortura. ¿Tú sabes lo que es ir a El Pescador sin hambre? Pero bueno, sigo pensando como Rafael Ansón, que siempre ha dicho que en la vida hay dos cosas importantes: la primera es comer, y lo segundo más importante es cenar. Aunque, en realidad, yo creo que lo más importante es comer y lo segundo, vestirse. Eso sí, cuando eres joven esto está invertido, porque lo que más placer te da es vestirte bien, eres súper feliz vistiéndote bien. Pero luego, cuando eres mayor, piensas que lo más importante es la comida. En resumen, la felicidad son esas dos cosas. Luego hay gente más ordinaria que piensa en una tercera, pero no es mi caso. ¿Y qué más puedes pedir? Bueno, tener amigos, perros y un buen libro.
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